Una noche de luna, un médico y su hijo adolescente entraron en el cementerio de Ayerbe para recoger restos humanos con los que estudiar anatomía. Encontraron cráneos, costillas y otros huesos; durante el regreso, el muchacho, asustado por el ruido de aquella carga, llegó a imaginar que los difuntos protestaban.
Parece un relato de Halloween, pero el propio protagonista lo cuenta en Recuerdos de mi vida. Aquel muchacho era Santiago Ramón y Cajal, que después ganaría el Premio Nobel de Medicina. Su acompañante era su padre, Justo Ramón, médico y cirujano, que quería enseñarle anatomía mediante la observación directa.
La excursión proporcionó material para sus lecciones de osteología. Y en aquellas clases el padre descubrió algo que no había sabido apreciar del todo en su hijo.
El mal estudiante que solo quería dibujar
Santiago había sido un alumno inquieto, poco disciplinado y con una relación difícil con algunas asignaturas. Su padre intentó enderezarlo colocándolo como aprendiz de barbero y de zapatero. Su gran pasión era dibujar.
Cuando regresó a los estudios, pidió poder asistir también a clases de dibujo. Más tarde, al estudiar los huesos junto a su padre, encontró en la anatomía nuevas formas que observar y representar. En sus memorias la describiría como «un tema pictórico más».
Justo Ramón quedó sorprendido por la facilidad con la que Santiago aprendía y recordaba estructuras anatómicas cuando podía examinarlas directamente. Una capacidad que había pasado inadvertida en otras situaciones empezaba a hacerse visible.

¿Sabríamos reconocer su talento?
Años después, Ramón y Cajal convertiría aquella destreza para observar y dibujar en una herramienta decisiva de su investigación. Sus ilustraciones del sistema nervioso contribuyeron a transformar la neurociencia y siguen teniendo valor educativo.
Como profesor, la pregunta me parece inevitable: ¿habríamos reconocido sus capacidades en nuestras aulas?
Los criterios comunes y la exigencia académica son necesarios. Pero también conviene preguntarse si, en ocasiones, nuestros instrumentos de evaluación limitan las maneras en que un estudiante puede demostrar lo aprendido.
No todos nuestros estudiantes serán Ramón y Cajal. Pero todos merecen que intentemos descubrir sus capacidades antes de decidir cuáles son sus límites.
Fuentes: Santiago Ramón y Cajal, Recuerdos de mi vida, capítulo XVII (Centro Virtual Cervantes); dibujo original de 1899 (Wikimedia Commons).
