Harvard Business School ha comenzado a utilizar réplicas digitales de sus profesores creadas mediante inteligencia artificial. Estos avatares pueden conversar con los participantes de un programa de formación, responder preguntas y simular situaciones profesionales. La iniciativa, recogida por WIRED y El País, abre nuevas posibilidades educativas, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una universidad puede reproducir digitalmente a sus docentes?
Profesores con inteligencia artificial que nunca descansan
El programa HBS Foundry, en marcha desde abril de 2026, es un curso en línea de ocho semanas dirigido a fundadores de empresas emergentes. Incorpora avatares en vídeo de siete docentes de Harvard Business School, con los que los participantes pueden ensayar presentaciones ante inversores, llamadas comerciales o reuniones de consejo de administración.
Los avatares, desarrollados con tecnología de la empresa HeyGen a partir de grabaciones de los propios profesores, reproducen su apariencia y su voz e interactúan con los usuarios mediante inteligencia artificial. El programa mantiene, además, sesiones semanales en directo con docentes humanos.
Harvard no es la única institución que explora esta posibilidad. En Imperial Business School, en Londres, el profesor David Shrier utiliza desde enero de 2024 una réplica digital conocida como Davatar, que responde a las consultas de los estudiantes de su asignatura a partir de escritos y materiales proporcionados por el propio académico.
Las ventajas potenciales parecen evidentes: disponibilidad permanente, atención a un mayor número de estudiantes y posibilidad de practicar tantas veces como sea necesario.
Sin embargo, conviene distinguir entre disponer de una tecnología capaz de reproducir la apariencia y las respuestas de un profesor y demostrar que esa tecnología mejora el aprendizaje. Según la información publicada, Harvard todavía no dispone de datos a largo plazo que comparen el aprendizaje de quienes practicaron con los avatares y el de quienes no lo hicieron. La experiencia de otros sistemas invita a la cautela: un ensayo reciente con miles de universitarios encontró que un tutor de IA integrado en las asignaturas coincidió con peores notas.
Cuando la inteligencia artificial habla en nombre del profesor
Uno de los aspectos más interesantes de esta tecnología no es su capacidad para generar respuestas, sino la identidad que acompaña a esas respuestas.
Cuando un estudiante consulta a un chatbot convencional, sabe que está interactuando con una herramienta de inteligencia artificial. Pero cuando quien responde tiene la cara, la voz y el nombre de un profesor reconocido, la percepción puede ser muy diferente.
La respuesta adquiere una autoridad que no procede necesariamente de su contenido, sino de la persona a la que parece representar.
Este fenómeno resulta especialmente relevante a la vista de las limitaciones conocidas de la inteligencia artificial generativa. Estos sistemas pueden producir información incorrecta, respuestas desactualizadas o afirmaciones que suenan convincentes sin estar suficientemente fundamentadas.
Si esas respuestas aparecen asociadas a la identidad de un académico, el problema va más allá de un simple error tecnológico. El estudiante puede interpretar como una afirmación del profesor algo que este nunca ha dicho ni respaldaría.
¿A quién pertenece un profesor digital?
La aparición de estas réplicas también plantea interrogantes relacionados con la propiedad intelectual y la identidad digital.
Un profesor universitario produce materiales docentes, publicaciones científicas, conferencias y otros contenidos a lo largo de su carrera. Con estos materiales puede entrenarse o configurarse un sistema capaz de imitar parcialmente sus conocimientos y su forma de comunicarse.
Pero ¿quién controla esa réplica?
¿Puede una universidad seguir utilizándola cuando el profesor abandona la institución? ¿Quién autoriza las actualizaciones? ¿Puede el docente retirar su consentimiento? ¿Y quién responde cuando el avatar proporciona información equivocada?
No son preguntas teóricas. El propio Shrier ha relatado que una institución en la que trabajó siguió usando vídeos suyos para promocionar un curso después de su marcha, y que tuvo que recurrir a un abogado para que se retiraran. Esa experiencia está en el origen de su decisión de desarrollar una réplica cuyo uso controla él mismo.
La cuestión adquiere especial importancia porque el conocimiento académico no es estático. Los profesores modifican sus posiciones, actualizan sus materiales y revisan sus planteamientos conforme avanza la investigación. Una réplica digital puede conservar indefinidamente una versión desactualizada de su pensamiento.
En Europa, el Reglamento de Inteligencia Artificial establece en su artículo 50 obligaciones de transparencia para los sistemas que interactúan directamente con personas y para los contenidos generados o manipulados que imitan a personas reales, las llamadas ultrasuplantaciones o deepfakes. Es el mismo marco que se aplica a los deepfakes en la comunicación política. No obstante, informar de que se está interactuando con una inteligencia artificial no resuelve por sí solo las cuestiones relacionadas con la propiedad intelectual, el consentimiento y la responsabilidad.
La educación es algo más que transmitir conocimientos
El debate sobre los docentes digitales conduce a una reflexión todavía más importante: ¿qué significa enseñar?
Si la educación se concibe como transmisión de información, muchas tareas docentes pueden automatizarse parcialmente. Una inteligencia artificial puede explicar conceptos, proponer ejercicios, generar ejemplos y proporcionar respuestas inmediatas.
Pero la educación universitaria también implica desarrollar pensamiento crítico, aprender a formular preguntas, contrastar argumentos y enfrentarse a situaciones para las que no existen respuestas únicas. Precisamente lo que resulta más difícil de obtener de un sistema que tiende a devolver los límites de quien pregunta.
Un profesor no se limita a disponer de conocimientos. También interpreta el contexto, reconoce las dificultades de sus estudiantes, cuestiona sus razonamientos y asume la responsabilidad de sus decisiones pedagógicas.
Esto no significa rechazar las nuevas tecnologías. Un avatar puede ser útil para practicar una entrevista, ensayar una presentación o resolver dudas frecuentes. La cuestión es determinar qué actividades mejora realmente y cuáles necesitan una intervención humana.
La pregunta que deberían hacerse las universidades
La llegada de los profesores digitales no supone necesariamente la desaparición del profesorado universitario. Al menos, las experiencias actuales no permiten sostener semejante conclusión. Sin embargo, sí anticipa una transformación importante en la manera de organizar la enseñanza.
Antes de incorporar estas herramientas de forma generalizada, las universidades deberían evaluar su eficacia pedagógica, establecer mecanismos de supervisión, garantizar la participación del profesorado y definir claramente los límites de utilización de su identidad y sus materiales.
También será necesario preguntarse si estas tecnologías se utilizan para ampliar las oportunidades educativas o principalmente para reducir costes. Ambos objetivos pueden coexistir, pero no son equivalentes.
Quizá el desafío más importante de la inteligencia artificial en la educación no sea conseguir que una máquina se parezca cada vez más a un profesor, sino comprender qué aporta verdaderamente un profesor al proceso de aprendizaje.
Porque reproducir su rostro, su voz y parte de sus conocimientos no significa reproducir todo aquello que implica enseñar.
Imagen: ilustración generada con inteligencia artificial.
